Playa de los Pescadores

El olor a mar y sus pertrechos ahondan los sentidos del transeúnte. Las arenas de Los Pescadores conocen de trabajo y sacrificio. A veces el grito de una gaviota, a veces el ladrido de un perro emocionado o el quejido de los carros surcando el granulados suelo alertan de la vuelta de los laboriosos barcos a la costa. En La playa de los pescadores los navíos son más que un decorado que reposa ocioso sobre las márgenes oceánicas.

 

Cuando las aguas no son propicias para la faena y los cascos yacen bajo el sol, las gentes se amontonan a su lado para disfrutar de la música del mar, las salobres olas y el bravo calor del estío. O de la serenidad, la contemplación y el fresco profundo de las estaciones menos tumultuosas.

 

Si el humor del caprichoso océano es favorable se pueden ver en sus aguas decenas de intrépidos cuerpos montando las olas para goce y entretenimiento de quienes prefieren la cotidiana firmeza del suelo.

 

Como un puñal abriéndose camino entre el azul profundo un promontorio destaca su presencia. Reposa sobre la imperturbable piedra una estatua del ilustre Artigas, escoltado a menudo por pacientes pescadores que aguardan junto a sus cañas que los anzuelos les traigan fortuna. Predilecto punto de observación para las miradas pacientes y oportunas que se encuentran con el paso de las majestuosas ballenas que van o vienen según sus lejanas tradiciones.

 

De cara al mar el paseo de los artesanos se proyecta más allá de los límites prefijados. Puestitos alegres y variopintos decoran las calles cautivando a los paseantes, tentados a llevarse un pedacito de pueblo, de memoria, de emoción.

 

Si cada tierra pudiera reducirse a un punto, toda la geografía, todo el color, todos los aromas de Punta del Diablo podrían enmarcarse dentro de las márgenes de La playa de los pescadores.

 

Por Gabriel D. Romero

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