Historia de Punta del Diablo

Clavado en las dunas se yergue altivo frente al vastísimo océano Atlántico el joven pueblo de Punta del Diablo. Y pensar que alguna vez, en tiempos antiguos, el dorado mar de arena que nacía en la costa oceánica se extendía hasta las márgenes mismas de la Laguna Negra, salpicado aquí y allá por tupidos médanos. Cerro de los Pescadores, así cuentan los pretéritos habitantes que se bautizó en su origen al poblado, tierra áspera y virgen a la que accedían solo los fuertes y decididos.

 

Fue Laureano Rocha y su cuantiosa familia los primeros en mudarse a la región. Lirio, uno de sus hijos, sufría de un asma terrible, y por consejo del médico se mudaron a la costa atlántica, donde el aire puro y fresco del mar ayudaría a aliviar su malestar. Construyeron un modesto rancho en la zona del Cerro, propiedad de la familia Martínez, que le habría cedido la tierra. Las inclemencias del lugar permitían a los Rocha vivir allí solo en verano, dado lo desolado de la región y el difícil acceso. Abrirse paso hasta la costa suponía una verdadera odisea, no existían caminos marcados y los senderos naturales enlodados y las cambiantes dunas (que fácilmente podían llevar a perder la orientación) eran obstáculos capaces de amedrentar a cualquiera. Pero a pesar de los impedimentos, el área empezó a atraer miradas.

 

Fue cerca de 1942 cuando se instalaron los primeros pesqueros venidos de Valizas (que aparentemente habrían traído con ellos el actual nombre del pueblo), buscando un punto favorable para la pesca de tiburón, del cual se extraía el hígado, fuente rica de vitamina A, cuya demanda estaba en boga por la guerra en Europa, que se le suministraba a los pilotos de combate para mantener y mejorar su buena visión. Por sus bondades naturales, el sitio elegido de asentamiento para estos pioneros fue la bahía más chica y, por lo tanto, más resguardada, hoy conocida como Playa de los Pescadores. Estos primeros asentamientos eran precarios, poco más que una sola pieza de paredes de madera y techo de paja que, en muchos casos, contaba con un piso de arena, y oficiaba de cocina, comedor, dormitorio y depósito para las herramientas de pesca. Los baños, siempre alejados de las viviendas, eran casillas, muchas veces desprovistas de techo, acaso un mero refugio para preservar la intimidad. Cuando el suelo lo permitía el agua potable era extraída de cachimbas (pozos de agua), o sino de las vertientes naturales en las faldas de los médanos. ¿Qué motivaba a estas gentes a acometer tan fatigosa y, en numerosas ocasiones, mortal tarea? Qué más que la necesidad, motor por excelencia de toda ardua empresa. Esta misma necesidad era la que impulsaba a los pesqueros, muchas veces acompañados de sus mujeres, a adentrarse en el imponente océano en pequeños botes a remo y con redes confeccionadas por sus propias manos. Paradójicamente, pese a lo aciago de su condición, estos primeros habitantes no consumía el fruto de su trabajo, sino que se limitaban a vender el hígado extraído del tiburón y desechaban el resto, teniendo que aprovisionarse de alimentos del ganado que consigo habían traído y del mercado de Castillos.

 

Ya en 1946, tras el cese de la guerra en Europa, y con la caída de las ventas de hígado de tiburón, los pescadores se vieron obligados a modificar sus formas. Así las partes que otrora se desechaban empezaron a aprovecharse, dando origen al surgimiento de lo que año más  tarde se conocería como “bacalao nacional” o “bacalao criollo”, que habría de reportar beneficios para los locales. Una vez más el ingenio impulsado por la necesidad. A este auge se le complementaría la exportación de aleta de tiburón al mercado asiático. Se rastrea a la misma época la aparición y comercialización de otros productos derivados, tales como las mandíbulas de tiburón y artesanías típicas confeccionadas con vértebras y dientes de los escualos.

 

Ya por entonces los “varales” eran un espectáculo conocido en Punta del Diablo (o los Cerros, como algunos todavía lo llamaban). Un fuerte y característico olor se adelantaba a los ojos que pronto se encontraban con las planchas de bacalao que se lucían al sol en varejones de eucaliptus como paso final de la laboriosa faena que era su confección. El producto llegó a ser tan apreciado que incluso se utilizó a modo de dinero por los propios pescadores en todo tipo de transacciones.

 

Era práctica común que, una vez terminada la temporada de pesca, un gran número de hombres y mujeres retornaran a labores rurales. No obstante, muchos otros se quedaban en la
costa, empeñándose en la extracción y comercialización de mejillones, abundantes por aquel entonces en las rocas costeras.

 

Hoy por hoy podemos ver en las costas de Punta del Diablo hermosas embarcaciones (quizá descendencia de la chalana de Fernando “Chimango” Romero, quien fuera el primero oriundo del Cerro en construir una lancha). Estas atractivas embarcaciones cuentan con potentes motores fuera de borda y cascos recubiertos de fibra de vidrio, lo que les brinda una impermeabilización real, pero allá por los inicios del asentamiento lograr la impermeabilidad era una tarea harto difícil, y ni qué hablar de la propulsión, que se realizada a remo, ya por hombres, ya por mujeres. Mas con el tiempo, estas naves pequeñas y estrechas, fueron ensanchándose con la llegada de los motores, herramienta que permitiría a las gentes de mar adentrarse más allá de la línea en que rompía el oleaje.

 

El progreso se hace palpable a partir de 1968, año en que se construye el camino que da acceso hasta la punta del pueblo (proyecto que habría iniciado en 1949, pero que no perduró y fue sepultado por la arena por falta de mantención), se inaugura la Escuela Pública (construida por los mismos pescadores) y llega la luz eléctrica (habría que esperar hasta 1976 para que el servicio estuviera en funcionamiento). En 1978 es instalada la farola a la entrada del puerto y en 1979 se inaugura el monumento a Artigas, de Daymán Antúnez; siguiéndole, al posterior año, un auge inmobiliario de construcciones particulares.

 

Como parte del “Plan de Excelencia” (implementado en 1998) impulsado por el gobierno y apoyado por la Comisión de Habitantes Permanentes de Punta del Diablo, se demuelen y reorganizan kioscos artesanales, galpones, viviendas y plazas de comida asentados sobre la línea costera. Movimiento que daría como resultado en 2005 un repunte de ventas de terrenos y la aparición de numerosos emprendimientos turísticos lo que posicionaría al pueblo como uno de los principales destinos, tanto para visitantes nacionales como extranjeros. Es gracias a este despunte que el pequeño paraíso litoral adquiere fama; su cautivadora belleza hace que el número de residentes permanentes se incremente mucho en poco tiempo.

 

El presente todavía recuerda ese pasado de sacrificio y estoicidad; la naturaleza aún se interpola en el avance de la urbanización que es producto inherente de la globalización, que (por fuerza) acarrea un creciente número de personas que eligen Punta del Diablo como destino para descansar, y quizás para vivir. La gente, habida de naturaleza y serenidad, opta por este maravillo poblado de bellas casas de madera, calles de arena y balastro y cielo límpido donde su extensión no conoce de límites y los colores se figuran como una expresión del alma. ¿Será este encantamiento el que lleve a un avance urbanístico desmedido que termine ahogando en cemento y hierro esa naturaleza viva y silvestre que a todos nos hechiza? Es nuestro deber, el de todos, residentes y turistas, aportar nuestro granito de arena para conservar la magia de esta tierra, para que mañana su magnificencia no sea solo un recuerdo más… una historia que contar.

 

Por Gabriel D. Romero

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